
"Hay
un poder interior que se llama imaginación "
Arturo
Zúñiga leía a sus hijos aquella calurosa
noche, como acostumbraba hacerlo cada noche antes de acostarse;
pero esta vez se trataba de un libro en que las palabras eran
muy escasas, pues los dibujos ocupaban el noventa por ciento
de cada hoja, y el tipo de letra que traía era de enormes
caracteres, así que era normal que en una hoja sólo
encontrara dos líneas escritas.
Al
principio, pensó en devolverlo y esperar a que hicieran
lo mismo con su dinero, pero en un descuido suyo (y de Manuela)
David logró tomar 4 de sus hojas y poner allí
un empate a dos goles: rasgó dos, arrugó dos.
Así que le gustara o no, debió inclinarse por
buscar en cada palabra su profundidad y volverse hábil
en el duro deporte de mantener las hojas cerca de la mirada
de David, pero lejos de sus inquietas manitas. Tanto que ha
avanzado la humanidad y aún no han inventado un libro
para niños que se pueda chupar, estrujar y rasgar y aún
se conserve intacto; se quejaba.
Como el libro traía tan pocas letras y Manuela preguntaba
y preguntaba por lo que decía y por lo que no decía
en el libro, se vio en la imperiosa necesidad de agregarle un
poco de palabras de su autoría. Sin embargo ante una
nueva lectura y una mala memoria, su hija debió recordarle
ciertas cosas que había dicho en la versión anterior,
pero lo escuchaba sorprendida ante las nuevas interpretaciones
que le iban surgiendo; de esta manera logró mantenerlos
cautivados con el mismo cuento leído varias veces, durante
muchas noches, cambiándolo de versión, no tanto
por sus habilidades de expresión oral, sino más
bien por sus debilidades en los asuntos del recordar.
Una
noche llegó muy cansado a casa, tan cansado que estaba
con la idea de encontrar a sus hijos dormidos y evitarse así
tener que volver sobre el libro de cuentos a releerlo por millonésima
vez, pero allí estaban esos dos rostros felices de verlo
y con unas ganas locas de que se sentara a leerles el ya imposible
libro. Su nivel de paciencia estaba al límite, se le
cerraban los ojos y su mente estaba embotada, así que
las palabras le salían sin ninguna coherencia, sin embargo
allí estaban ellos dos, escuchándolo con tanta
atención y con unas preciosas caras de entusiasmo que
no le permitían cerrar el libro y decirles que se había
acabado y que deberían irse a dormir sin la lectura.
Había
recorrido ese pequeño libro tantas veces que se le habían
agotado las variantes, ya no atinaba nada nuevo para inventar,
ni siquiera se acordaba de alguna de las primeras versiones
que había inventado. No hilaba y ni siquiera atinaba
a alejar las páginas de las manos de David quien se empecinaba
en disfrutar del libro a su manera. Entonces empezó a
decir palabras una tras otra sin ningún sentido, pero
matizando cada una de ellas, deteniéndose para mirar
el efecto logrado y continuando con el inverosímil relato.
Sus hijos seguían allí, fascinados, sin atreverse
a interrumpir, esperando escuchar cada ocurrencia suya, saboreaban
cada palabra como si ella sola fuera el cuento, lo miraban encantados
cuando brotaban de sus labios las palabras sueltas que no significaban
nada, pero que en el contexto de lo que estaban haciendo, le
daban vida nueva a la historia mil veces leída.
Sus
dos hijos estaban maravillados pues no les interesaba tanto
el significado de las frases sino su sabor, lo comprendían
todo sin necesidad de entenderlo, pues lo estaban imaginando
y solo tomaban como referencia una o dos palabras de las que
Arturo absurdamente pronunciaba. Por cada palabra que pronunciaba
para ellos, sentía un nuevo sabor en la boca, era como
un redescubrir de la magia de las palabras, era como recuperar
el asombro de sentirlas nacer en las cuerdas bucales y de disfrutar
tenerlas un instante entre los labios, antes de soltarlas como
globos para que la imaginación de sus hijos volara usando
su encanto.
Luego
de esa experiencia, Manuela decía frases completas que
asombraban por su intensión de volverse órdenes
que se debían acatar inmediatamente, David aún
balbuceaba pero con sus ojos y sus gestos entonaba cada cosa
que quería decir. Quizás haya sido buena inversión
haber comprado el libro de pocas palabras, pensó Arturo
y al otro día se madrugó a buscar un libro que
tuviera las hojas en blanco.

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