Un día, el tiempo dio un paso por la tierra.
Lo acompañaban sus hijos:
Verano, invierno, otoño y primavera.
Llevaba verano una canasta colmada de frutos dulces y
jugosos. Redondos,
alargados, coloridos, perfumados; llenos de pulpa suave
y deliciosa. Era
Verano un joven despreocupado y feliz, y agitaba en su
mano derecha un
ramo de doradas espigas.
Otoño, en cambio, lucia ropas de viento y hojas
crujientes. Algunos frutos
secos y una calida llovizna se esparcían al pasar.
Menos inquieto que
Verano, algo más melancólico, también
tenía su encanto.
De los tres hermanos varones, Invierno era el mas recio,
fuerte y
decidido. Se envolvía en una gruesa capa de nieve
y agitaba, en su mano,
una rama dura y fría. Invierno avanzaba cortando
a su paso los brotes más
tiernos.
¿Y Primavera?
Sin duda, Primavera era la niña mimada del Tiempo.
Esparcía flores por el
camino, derrochaba sonrisas de reina y perfumes maravillosos.
Era rubia,
Joven. Brillante y encantadora. Parecía poseerlo
todo, pero su padre le
pregunto:
--- ¿Deseas algo de esta tierra, hija?
Primavera titubeo.
---No se, padre..... En verdad, no se.
Invierno, su intempestivo hermano, la interrumpió:
--Tú no necesitas nada; regalas todo lo que tienes.
Cubres a la tierra de
brotes, casi la ahogas....
--¿Y que importa eso? - Dijo Verano--. Yo hago
frutos de sus flores. Deseo
frutos cada vez más ricos y con sabor a miel. Pero,
luego, llega otoño
y.... Ya se, y lo echo todo a volar.....
Rieron los tres hermanos, pero Primavera permaneció
silenciosa. Deseaba
complacer a su padre y darse una satisfacción a
si misma. Pero no sabía
que elegir.
El Tiempo, que la observaba, la animó:
Mira, hija; mira bien porque, de pronto, puedes encontrar
algo lindo, algo
que tus ojos no hayan visto antes.
Y Primavera se esmero en mirar con esos ojos suyos que
tenían algo del
verdor de la tierra y del brillo del sol.
A su paso, la naturaleza trato de prodigarse, de acrecentar
su hermosura.
Todas las flores, aquellas extrañas flores que
nacieron aquel día, se
rivalizaron en belleza, compitieron en color, en formas,
en perfume.
Pétalos apretados en discos dorados, campànulas
rojas mecidas por la
brisa, flores como estrellas con diamantes de roció
se adelantaron al paso
de la Primavera, procurando ser vistas antes.
Ella caminaba con los ojos puestos sobre la tierra, como
buscando un ser
menos vanidoso y engreído. Fue así como
vio a la flor pequeñita, de color
del cielo, sola entre tantos perfumes.
Primavera la distinguió con alegría y se
agacho para preguntarle:
--¿Cómo te llamas?
La flor tardo en contestar. Era muy tímida y se
sentía sofocada.
--¿Cómo te llamas? - insistió Primavera
.
Y ella, que no tenía nombre, solo pudo responder
con un ruego:
--No me olvides... Por favor, no me olvides....
Primavera la tomo en sus manos y le dijo a su padre:
Deseo esta flor... Solo esta flor.
--Bien-asintió el Tiempo--¿Cómo se
llama?
Y primavera, segura, afirmó:
--Nomeolvides. Se llama Nomeolvides. Sus hermanos se rieron,
pero ella se
llevo la flor pequeñita, de color del cielo, subió
a una veloz carroza de
viento.
Desde entonces, Nomeolvides reina en esta transparente,
eterna región del
Tiempo.
Maximiliano José Chirino
<<Volver a cuentame
un cuento>>
|