| "Cuando
uno es joven suele jugar con el fuego que todavía
no conoce."
Peter Ackroyd
-Si
deseas, puedes recoger algunas de mis semillas y hacerte
un collar con ellas -sugirió el árbol al muchacho-.
Pues tal vez de esta manera no te sientas tan mal por no
haber conservado una foto suya.
-¡Collar! -con extrañeza exclamó el
joven-. ¿De qué me pueden servir tus semillas,
cuando ya ni siquiera los niños de la escuela gustan
jugar con ellas? Creo que no entiendo nada.
-Definitivamente veo que sigues siendo tan tonto como la
primera vez que te vi visitarle. Aquella tarde no debiste
haberle hecho esperar durante tanto tiempo parada en la
puerta -le dijo el anciano vegetal, mientras algunas de
sus hojas empezaron a caer cual si fueran lágrimas
que flotaban por el viento.
El joven no pronunció vocablo alguno. La evocación
de aquel recuerdo fue suficiente para invitarle al silencio,
a ése que gobierna cuando la impotencia nos sobrepasa.
Y bajó la mirada haciendo de su rostro un sinónimo
de nostalgia y estupidez.
-Sí -prosiguió el árbol-, aquel día
me hubiese gustado golpearte con mis propias ramas, hasta
hacerte comprender que la belleza no es lo que pensamos
o queremos que sea, pues ésta siempre es inédita
y se nos presenta como una estrella fugaz que, al menor
descuido, nos es arrebatada por el firmamento.
Y tú eres un despistado con suerte: te topaste con
una estrella fértil de brillo infinito, estrella
cuyo resplandor cobijó y orientó tu vida por
mágicos senderos, caminos jamás pisados por
mortal alguno; resplandor que también, durante todos
estos años que la he visto crecer junto a su abuela,
llegó a mi savia dándole fertilidad a las
semillas que hoy tú, muchacho tonto y sin magia,
desprecias con la más aguda estupidez.
Por ello, amigo mío, no te tortures por no poseer
una foto suya. Más bien vuelve a la tierra y deja
caer tus manos sobre mis semillas, ellas te brindarán
la oportunidad de redescubrir aquella mirada fértil,
tan suya... que jamás llegará a ser capturada
por negativo alguno.
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