"¡Tonto!"
exclamó la mujer. "Esa no es tu paloma. Es sólo la
luz de la salida del sol que brilla en la chimenea."
En secreto, Hansel continuaba tirando migajas de pan por el camino.
Más adentro y más adentro del bosque fueron llevados, donde
nunca antes habían estado.
Al igual que antes, el padre hizo una hoguera y la mujer dijo, "Quedaos
aquí cerca del fuego. Nosotros iremos más adentro a cortar
árboles y por la noche, cuando hayamos terminado, regresaremos
por vosotros para irnos a casa."
Al mediodía, Gretel compartió su pedacito de pan con Hansel,
que había desparramado su pedazo para marcar el camino, y después
se durmieron. No se despertaron hasta entrada la noche y nadie vino por
ellos. Hansel consoló a su hermanita diciéndole:
"Gretel, espera que salga la luna, para poder ver las migas de pan
que dejé caer. Ellas nos enseñarán el camino de vuelta
a casa."
Cuando salió la luna, se levantaron, pero no pudieron encontrar
miga alguna porque los pájaros que vivían en el bosque se
las habían comido todas.
"No importa, nosotros encontraremos el camino de regreso," dijo
Hansel.
Pero no pudieron encontrarlo. Caminaron toda la noche, y también
al otro día, desde la salida hasta la puesta del sol, sin poder
hallar la salida del bosque.
Estaban hambrientos, no habían comido nada, con excepción
de algunas fresas silvestres que encontraron por el camino. Por último,
estaban tan cansados que las piernas ya no les respondían, entonces
se tiraron debajo de un árbol, donde se quedaron dormidos.
Al día siguiente, otra vez trataron de encontrar el camino a casa,
pero esta vez avanzaron más y más adentro en el bosque.
Cerca del mediodía, vieron un hermoso pájaro, tan blanco
como la nieve, posado en una rama de un árbol, y cantando tan dulcemente,
que los niños casi se olvidaron que tenían hambre y se detuvieron
a escucharlo.
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Después el pájaro desplegó sus alas y se fue. Los
niños siguieron al pájaro hasta una casita. Cuando se acercaron,
y para sorpresa de ellos, vieron que la casita estaba hecha de pan de
jengibre y pastel, y que las ventanas eran de azúcar morena.
"Esto es justo lo que necesitamos," dijo Hansel. "Haremos
de ella una buena comida. Voy a empezar por el techo. Gretel, ¿por
qué no pruebas una de las ventanas?"
Hansel se subió al techo y partió un pedazo, mientras Gretel
le pasaba la lengua a las ventanas. De repente, una suave voz vino de
adentro:
"¡Muerde, muerde, ratón! ¿Quién muerde
mi caserón?"
Y los niños contestaron: "Es el viento, el viento, Sólo
el viento."
Como estaban tan hambrientos y sin tener otra cosa en que pensar, los
niños siguieron comiendo. Hansel, a quien le gustaba el sabor del
techo, partió un gran pedazo, y Gretel sacó un cristal completo
de la ventana y lo empezó a mordisquear.
De pronto se abrió la puerta y una mujer, vieja encorvada salió,
como arrastrándose. Hansel y Gretel se asustaron tanto que inmediatamente
soltaron los dulces.
La vieja movió la cabeza y dijo, "Mis queridos niños,
cómo es que llegasteis aquí? Entrad a mi casa y quedaos
conmigo vosotros lo disfrutaréis."
La vieja cogió a los niños de la mano y los lleve adentro.
Allí les dio una deliciosa cena leche y tortitas con azúcar,
manzanas y nueces. Después les preparó dos camas en las
cuales Hansel y Gretel, pensando que estaban en el cielo, se durmieron.
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