La
historia se repitió una y otra vez, y el zapatero cada vez tenía
más clientes, pues todos los que compraban sus zapatos se los
recomendaban a sus amigos y conocidos. Al cabo de unos días,
había una larga cola ante la zapatería.
Un
día, el zapatero le dijo a su esposa:
-
Hace más de una semana que nuestro misterioso benefactor viene
a trabajar para nosotros durante la noche, y me gustaría saber
quién es.
-
A mí también - dijo la mujer -, pero a lo mejor no quiere
que lo eamos, pues de lo contrario ya se habría presentado,
en vez de venir cuando estamos durmiendo.
-
Por eso - dijo el zapatero -, lo tenemos que hacer es escodernos esta
noche en el taller e ir turnándonos para dormir, y de esa forma
lo veremos cuando venga a hacer los zapatos.
Así
lo hicieron, y al dar la media noche el zapatero y su esposa vieron
el más increíble de los espectáculos: unos hombrecillos
diminutos, de menos de un palmo de altura, entraron en el taller y empezaron
a coser los zapatos.
Iban
completamente desnudos, y trabajaban con tal rapidez y habilidad que
los zapatos salian de sus manitas uno tras otro como por arte de magia.
Al cabo de unas horas, todos los zapatos estaban terminados, y los minúsculos
hombrecillos se marcharon tan silenciosamente como habían llegado.