Al Principio de la creación el conejo se quejó al Señor por haberlo hecho de muy pequeño tamaño. Aunque no como el camello y el elefante, quería ser por lo menos igual al chivo, pero no tan diminuto como lo había hecho, a pesar de tener pelos y cuatro patas.
Dios le contestó que él no quería establecer la costumbre de modificar lo creado, pero que si el conejo le conseguía la pluma del águila, el colmillo del león y al huevo de la serpiente, le aumentaba el tamaño.
El conejo hizo sonar sobre la montaña un silbato como de calabaza y enseguida apareció el águila.
-¿Cómo te atreves? ¿Qué significan esos silbatazos?
-iAh! Es un pelo de mi cuerpo que suena una vez al día, como para que vengan a mí animales con que nutrirme, pero mi alimento es otro. Lo que yo necesito es una pluma tuya para que me respeten. Dame esa pluma, que yo te siembro en su lugar mi pelo sonoro.
Hecho el trato, el águila esperó un día y otro y otro más sin que su pelo sonora, pero el conejo ya tenía la pluma.
Un silbatazo de calabaza despertó a la serpiente, que se presentó ante al conejo por entre los matorrales. El trato se hizo como con el águila. La serpiente, que por ese entonces tenía patas, aceptó que el conejo le sacara una uña, pues esta se convertiría en una uña sonora. El conejo pegó el tirón y se quedó cuidando el nido de la serpiente mientras ésta calmaba su dolor ilusionado por el prodigio. Y así de rápido, el picarón obtuvo el huevo que deseaba. Ahora le tocaba el turno al rey de le selva.
El león, que salía de su cueva, escuchó de pronto un pito de calabaza, y fue mayor su asombro cuando el conejo, frente a él, se le echó a reír.
-¿Cómo te atreves? ¿Qué haces sonar?
- Es un pelo de mi cuerpo que suena una vez al día, como para que vengan a mi animales que serían mi sustento si no me alimentara de hierbas y raíces. Lo que yo necesito para que me respeten es un colmillo tuyo. Y podrías dármelo. Total... a ti no te hará falta porque el pelo sólito llevará a tu boca los alimentos con comodidad.
Como todo el mundo quiere que la comida le llegue sin esfuerzo a la boca, el león soltó el colmillo.
Y el conejo se presento con su carga ante Dios
- ¡¡Conejo!! ¡Si tú con ese tamañito logras tales cosas, de tener el tamaño del camello, o por lo menos el de chivo, serías el azote de la creación! No necesitas mayor tamaño!
El conejo se iba triste y caminaba dando tumbos, cuando el Altísimo, apenado, lo llamó y le tiró de las orejas diciéndole: ¡Vaya, ya tienes las orejas bien grandes, que no te hacen falta de mayor tamaño!


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