| Nació
en Tucumán, el 3 de octubre de 1836. Hijo de
Marco Avellaneda, figura principal de la Coalición
del Norte y víctima de la guerra civil, y de
Dolores Silva y Zavaleta. Pasó parte de su
infancia en el exilio y a principios de 1850 ingresó
al Colegio de Monserrat. Más tarde estudió
leyes en la Universidad de Córdoba, pero regresó
a su provincia antes de rendir los exámenes
finales de la carrera. En Tucumán colaboró
en el periódico "El Guardia Nacional"
y fundó "El Eco del Norte". A mediados
de 1857 su familia creyó conveniente que se
trasladara a Buenos Aires en busca de mejores horizontes.
No bien llegó, Avellaneda se dedicó
a concluir su carrera universitaria y en 1858 se doctoró
en jurisprudencia siendo su padrino de tesis el doctor
José Roque Pérez, con quien hizo su
práctica forense y del cual sería socio
en su actividad profesional.
En 1859 defendió a "La Reforma Pacífica",
el periódico del federalismo porteño,
en la acusación que le promoviera Vélez
Sárfield en nombre del directorio del Banco
de la Provincia. Posteriormente incursionó
en el periódico porteño y redactó
"El Nacional" y "El Pueblo".
En 1860 accedió a la Legislatura provincial
y también comenzó a desempeñarse
como catedrático de economía política.
En 1865 dio a conocer sus Estudios sobre las leyes
de tierras y al poco tiempo su Manifiesto de Derecho
. En 1866, el gobernador de Buenos Aires, Adolfo Alsina,
le ofreció el ministerio de Gobierno. De allí
continuó su carrera ascendente y, el 12 de
octubre de 1868, Sarmiento le confió la Cartera
de Justicia e Instrucción Pública. Desde
estas funciones, compenetrado de los propósitos
del presidente, desplegó una incansable labor,
siendo responsable de gran parte de los progresos
realizados durante la presidencia de Sarmiento en
materia de educación.
El 22 de marzo de 1874 se proclamó la fórmula
Nicolás Avellaneda- Mariano Acosta. El 6 de
agosto de ese mismo año los electores consagraron
a Avellaneda y a Acosto presidente y vicepresidente
de la Nación, asumiendo la primera magistratura
del país el 12 de octubre de 1874. Liberal,
con una gran formación humanista y una enorme
afición por, las letras, Avellaneda se dispuso
a gobernar con firmeza pero sin violencias. El 17
de diciembre de 1874, al celebrar el triunfo del gobierno
sobre los revolucionarios, Avellaneda sintetizó
su concepción política con una afortunada
frase: "Nada hay dentro de la nación superior
a la Nación misma".
La crisis financiera de los años 1875 y 1876
colocó en una situación difícil
a su gobierno. Para conjurarla, se redujeron los empleos
públicos y se disminuyeron los sueldos. Como
las medidas no dieron el resultado esperado, Avellaneda
extremó su política de austeridad. A
los acreedores británicos, preocupados por
el posible incumplimiento argentino, los calmó
con una frase histórica: "Hay dos millones
de argentinos que ahorrarán hasta sobre su
hambre y sed para responder, en una situación
suprema, a los compromisos de nuestra fe pública
en los mercados extranjeros". Finalmente la crisis
pasó y su sombría experiencia contribuyó
a que el gobierno tomara algunas medidas de protección
a la industria.
Durante su gestión logró pacificar el
país, hizo llegar el ferrocarril a Tucumán,
se crearon numerosas escuelas y se dictó la
Ley de Inmigración.
En materia internacional, Avellaneda resolvió
definitivamente la cuestión con el Paraguay
y respaldó a su canciller, Bernardo de Irigoyen,
cuando éste reaccionó patrióticamente
ante la descomedida actitud del banco de Londres.
Avellaneda estimuló y apoyó los planes
de su ministro de Guerra y Marina, Adolfo Alsina,
para extender las fronteras con el indio. En carta
a Alvaro Barros, Avellaneda dejó expresado
la importancia que le asignaba al problema del desierto:
"La cuestión fronteras es la primera cuestión
para todos, y hablamos incesantemente de ella aunque
no la nombremos. Es el principio y el fin, el alfa
y la omega...Somos pocos y necesitamos ser muchos.
Sufrimos el mal del desierto y debemos aprender a
sojuzgarlo: he ahí la síntesis de nuestra
política económica". La tercera
invasión de López Jordán y algunas
revoluciones provinciales agitaron la vida nacional.
El deterioro de los partidos tradicionales tampoco
favoreció su gestión y, para revitalizarlos,
auspició una política de entendimiento
entre el mitrismo y el alsinismo que se conoció
como la "conciliación".
Sin embargo, pese a sus propósitos de unidad,
el último período de su mandato se vio
empañado por la cruenta lucha entre las autoridades
nacionales y los revolucionarios porteños.
Los antagonismos políticos y la federalización
de Buenos Aires encendieron la chispa de la guerra
civil. Puesto en la disyuntiva de definirse, Avellaneda
se inclinó por Roca y llevó adelante
el proyecto de federalización de Buenos Aires.
El localismo porteño se embanderó junto
a la figura de Tejedor y, luego de una virulenta campaña
contra el presidente, se lanzó a la acción
armada. Luego de los encarnizados combates de Olivera
y los Corrales, Tejedor inició conversaciones
de paz con Avellaneda, instalado en Belgrano. Zanjadas
las diferencias, Avellaneda envió el proyecto
de federalización al Congreso y éste
lo aprobó el 21 de septiembre de 1880.
Aunque su prestigio había sufrido las graves
consecuencias de la lucha del 80, Avellaneda continuó
siendo una figura respetada en el mundo porteño.
Fue autor de varios trabajos literarios, entre los
que sobresalen: La Asamblea del Año 1813 y
Tierras del Dominio Público. En 1881 se lo
designó rector de la Universidad de Buenos
Aires. Al año siguiente ocupó un lugar
en el Senado de la Nación en representación
de Tucumán.
Enfermo, en 1885 se embarcó hacia Europa para
atender su dolencia. Falleció el 25 de noviembre
de 1885 a los 43 años, a bordo del vapor "Congo",
que lo traía de regreso a la Argentina. Sus
restos fueron recibidos con todos los honores y el
presidente Roca habló al pie de su tumba.
No
fue un político consumado, pues creía
excesivamente en la fuerza de las ideas, y mucho menos
un caudillo popular. Pero fue un hombre íntegro,
que nunca albergó rencores profundos. |