logo

Ud. está en:

 

Joaquín Villanueva (1876–1877)
En su corto mandato llevó adelante con éxito la política de conciliación que desde la Nación impulsaba el presidente Avellaneda. Por ello fue respetado por partidarios y opositores
El gobierno de Joaquín Villanueva fue corto, pero efectivo. Logró lo que sus antecesores no pudieron: conciliar los bandos que se disputaban el poder provincial. Pero además pudo continuar con la política educativa, de obras públicas y de organización del Estado que caracterizó a las gestiones liberales de la época. Joaquín Villanueva nació el 28 de junio de 1931. No llegó a conocer a su padre, José María Villanueva, muerto por las lanzas federales en la batalla de Ciudadela de Tucumán en noviembre de ese mismo año. Era hermano por parte de padre de Arístides, y junto a él y una media hermana debieron exiliarse en Chile debido a su ascendencia unitaria. Ahí trabajó desde los diez años: fue cadete y minero, lo que no evitó que estudiase los rudimentos de la lengua y de la aritmética. Tras la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1852, retornó a la provincia, donde una década después se inició en la vida pública como jefe de Policía de los gobiernos de Luis Molina, Carlos González y Melitón Arroyo. Fue capitán de la Guardia Nacional, puesto en el que debió actuar como vocal del consejo que enjuició a los líderes de dos levantamientos. También ocupó varios cargos en la Municipalidad de Mendoza y en 1873 fue designado inspector general de Irrigación. Al año siguiente fue electo diputado y llegó a presidir la Legislatura, poco antes de pasar a integrar el consejo de gobierno de Francisco Civit, de quien era pariente político.
En tiempos de conciliación. En 1875 fue reelegido diputado y el 9 de setiembre del año siguiente el Colegio Electoral, con el padrinazgo civitista, lo eligió gobernador. Joaquín se encontraba en Buenos Aires desde donde envió su renuncia al honor aduciendo problemas de salud. No le fue aceptada porque el cuerpo consideraba que él era la única persona que podía hacerse cargo de la situación provincial, donde los enfrentamientos entre civitistas y gonzalistas enrarecían el ambiente. Era necesario que alguien llevara a cabo la política de “conciliación” que desde la Nación impulsaba el presidente Nicolás Avellaneda, y cuyo objetivo era reunificar el Partido Liberal dividido desde 1874 con la fracasada revolución mitrista iniciada en Buenos Aires y que tuvo en Mendoza uno de sus puntos más calientes. Joaquín, según sostiene el historiador Lucio Funes, era de “temperamento apacible y contemporizador, que a pesar de su larga actuación política y de sus estrechas vinculaciones con los principales dirigentes de la oligarquía, supo mantenerse al margen de las pasiones y odiosidades partidistas”. Eso le valió el apodo de Maestro Pala. Un ejemplo de su actitud conciliatoria fue el que pese a pertenecer a la facción civitista, apenas asumió, el 16 de noviembre de 1876, nombró a González ministro de Gobierno, en una clara maniobra conciliatoria, pero el ex mandatario no aceptó.
Orden y buena administración. Durante su gestión se creó el Departamento Topográfico, que realizó un padrón de los terrenos con regadío y un padrón catastral para el cobro más efectivo de los impuestos a la propiedad. Además, se preocupó porque se inspeccionaran las operaciones del Banco de Mendoza. El 19 de febrero de 1877 se inauguró el servicio de agua potable para la ciudad, que era traído mediante cañerías de barro desde El Challao. También se nombró una comisión para que se encargara de formular un reglamento de estancias. El 3 de mayo del ’77 promulgó la ley de creación del departamento de Malargüe, que tuvo una efímera vida de 15 años ya que pasó a ser un distrito de San Rafael. En cuanto a las concesiones a particulares, se permitió a Estanislao de la Reta establecer una usina de gas y explotar las minas de carbón de piedra de Potrerillos. También otorgó privilegios a José Soler para establecer hornos de fundición de metales. Durante su período se inauguró el matadero público de Mendoza, donde antes había estado el cabildo local, en la plaza principal (actual Pedro del Castillo). Continuó la obra de su medio hermano Arístides en educación, dedicándole esfuerzo y recursos. Se construyó la Escuela Superior y Graduada de Niños, llamada por entonces Nicolás Avellaneda (luego Escuela Normal de Maestros Tomás Godoy Cruz). Al frente de la Superintendencia de Escuelas puso a Daniel Vidal Correa, quien emprendió una gestión progresista.
Ejemplos de su espíritu conciliatorio. Joaquín buscó aunar a la población en una causa patriótica común para lo cual comisionó a un grupo de ciudadanos para recolectar fondos para la repatriación de los restos de José de San Martín. La misma fue remplazada por otra que se conformó en respuesta de la invitación hecha por Avellaneda a los gobernadores de provincia para que en sus estados iniciaran una suscripción pública con ese mismo fin. Para que no quedaran dudas de su actitud, el 21 de octubre del ’77 promulgó la amnistía sancionada por la Legislatura a favor de los complicados en el motín que había estallado el 13 de julio del año anterior para voltear al entonces gobernador Civit. Igualmente para concretar la promulgada conciliación nacional, no se abstuvo de recurrir a fuerzas. Para sofocar una sublevación producida en San Juan, a pedido de la Nación envió un contingente de la Guardia Nacional, al mando de Rufino Ortega. Joaquín gobernó hasta el 26 de noviembre de 1877, cuando presentó su renuncia anteponiendo otra vez problemas de salud. El 24 de diciembre la Legislatura aceptó la declinación y nombró en su remplazado a Julio Gutiérrez, quien a su vez tendría sus 15 minutos de gloria en el Sillón de San Martín. En la misma sesión se convocó a elecciones gubernativas para inicios de 1878.
Telegrama presidencial. El gobierno de Joaquín se caracterizó por su administración ajustada, el orden y la tranquilidad que reinó la provincia después de dos gobiernos llenos de revueltas y convulsiones como habían sido los de sus parientes Arístides y Civit. Al momento de dejar el mando, el presidente de la Nación le envió un telegrama que ilustra la opinión que se tenía de él y de su obra: “Debí resignarme, puesto que no hay remedio –escribió Avellaneda–. Su gobierno aunque breve, ha sido fecundo en bienes, porque supo aquietar los espíritus y poner término a una lucha de partidos, tan ardiente como prolongada, consiguiendo ejercer su autoridad, con el asentimiento de todos”. Y finalizaba manifestando la esperanza de que “esta situación fundada por su gobierno se consolide en lo sucesivo, bajo la acción de una política sin miras de partidismo ciego, tolerante y liberal, como fue la suya” (sic). Por todo esto, queda claro que las dolencias físicas con que justificó su alejamiento fueron ser reales y no pretextos, aunque no lo condicionaron para seguir en el ruedo. Volvió a ocupar escaños en la Legislatura, fue gerente del Banco de la Provincia y diputado nacional en tres períodos: 1878-1881, 1896-1900 y 1902-1906. Falleció el 13 de enero de 1906.

El interino que quiso perpetuarse

Cuando a Joaquín Villanueva se le aceptó la renuncia, la Legislatura nombró interino a Julio Gutiérrez el 24 de diciembre de 1877, además de determinar elecciones populares para elegir al gobernador propietario a inicios del año siguiente. Pero la cosa no fue tan sencilla. Gutiérrez, quien era pariente del saliente, hasta entonces había tenido poca actuación política. En el círculo que lo puso provisoriamente en el Sillón de San Martín formalizó el compromiso de favorecer la candidatura a gobernador de Elías Villanueva. Sin embargo, el ignoto Gutiérrez fue contra los que lo habían impuesto. Quien era jefe de Policía, Rufino Ortega, fue comisionado para que levantara un sumario en Tupungato en averiguación por la muerte de un peón. El militar entendió que al alejarlo, el interino buscaba hacerse fuerte en el gobierno, donde pensaba quedarse. Al negarse a cumplir la orden, fue destituido tras lo cual desarmó la policía y se puso en rebelde. El gobernador se presentó en los cuarteles, donde fue desconocido por el personal de la guardia. Entonces, lanzó un manifiesto informando la situación al pueblo y al mismo tiempo al gobierno nacional, al cual pidió la intervención de la provincia. Mientras tanto, el 15 de febrero de 1878 la Asamblea Legislativa elegía gobernador a Elías Villanueva, sin tomar en cuenta las comunicaciones de Gutiérrez por considerarlas fuera de lugar. Unas horas más tarde, el interino recriminó a la Cámara haber procedido a la elección cuando la provincia no estaba en condiciones electorales. En la misma sesión se recibió una nota de Elías Villanueva denunciando que al ir a asumir el mando había encontrado la Casa de Gobierno cerrada y sin nadie que lo pusiera en posesión de sus funciones. En respuesta, considerando que Gutiérrez había cesado su mandato, se designó gobernador interino por un día al presidente de la Legislatura, Juan Serú, para que entregara el poder al electo. El 22 de febrero, la Nación contestó al ex gobernador interino que nadie le había quitado el mando desde el momento en que había cesado sus funciones y que no existían fundamentos legales para una intervención. Gutiérrez entonces hizo lo que no debió: denunció algunos manejos del círculo al que pertenecía; consideró que la elección de Villanueva no tenía validez porque en el Colegio Electoral que lo nombró figuraban numerosos parientes del candidato. A la vez, manifestó que Ortega se había declarado en su contra porque él había puesto freno a sus arbitrariedades y persecuciones a los ciudadanos considerándolo instrumento de Francisco Civit, quien lo llamaba “mi perro de presa”. Gutiérrez, de quien nadie se acuerda, marcó un hito al ser el primer oficialista que sacó al sol los trapos del oficialismo local. Así le fue.

Fuente: Diario UNO . Domingo 9 de noviembre de 2003

Copyright 2002 - Todos los derechos reservados - Términos de uso y Privacidad.