El
gobierno de Joaquín Villanueva fue corto, pero
efectivo. Logró lo que sus antecesores no pudieron:
conciliar los bandos que se disputaban el poder provincial.
Pero además pudo continuar con la política
educativa, de obras públicas y de organización
del Estado que caracterizó a las gestiones
liberales de la época. Joaquín Villanueva
nació el 28 de junio de 1931. No llegó
a conocer a su padre, José María Villanueva,
muerto por las lanzas federales en la batalla de Ciudadela
de Tucumán en noviembre de ese mismo año.
Era hermano por parte de padre de Arístides,
y junto a él y una media hermana debieron exiliarse
en Chile debido a su ascendencia unitaria. Ahí
trabajó desde los diez años: fue cadete
y minero, lo que no evitó que estudiase los
rudimentos de la lengua y de la aritmética.
Tras la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1852,
retornó a la provincia, donde una década
después se inició en la vida pública
como jefe de Policía de los gobiernos de Luis
Molina, Carlos González y Melitón Arroyo.
Fue capitán de la Guardia Nacional, puesto
en el que debió actuar como vocal del consejo
que enjuició a los líderes de dos levantamientos.
También ocupó varios cargos en la Municipalidad
de Mendoza y en 1873 fue designado inspector general
de Irrigación. Al año siguiente fue
electo diputado y llegó a presidir la Legislatura,
poco antes de pasar a integrar el consejo de gobierno
de Francisco Civit, de quien era pariente político.
En tiempos de conciliación. En 1875
fue reelegido diputado y el 9 de setiembre del año
siguiente el Colegio Electoral, con el padrinazgo
civitista, lo eligió gobernador. Joaquín
se encontraba en Buenos Aires desde donde envió
su renuncia al honor aduciendo problemas de salud.
No le fue aceptada porque el cuerpo consideraba que
él era la única persona que podía
hacerse cargo de la situación provincial, donde
los enfrentamientos entre civitistas y gonzalistas
enrarecían el ambiente. Era necesario que alguien
llevara a cabo la política de conciliación
que desde la Nación impulsaba el presidente
Nicolás Avellaneda, y cuyo objetivo era reunificar
el Partido Liberal dividido desde 1874 con la fracasada
revolución mitrista iniciada en Buenos Aires
y que tuvo en Mendoza uno de sus puntos más
calientes. Joaquín, según sostiene el
historiador Lucio Funes, era de temperamento
apacible y contemporizador, que a pesar de su larga
actuación política y de sus estrechas
vinculaciones con los principales dirigentes de la
oligarquía, supo mantenerse al margen de las
pasiones y odiosidades partidistas. Eso le valió
el apodo de Maestro Pala. Un ejemplo de su actitud
conciliatoria fue el que pese a pertenecer a la facción
civitista, apenas asumió, el 16 de noviembre
de 1876, nombró a González ministro
de Gobierno, en una clara maniobra conciliatoria,
pero el ex mandatario no aceptó.
Orden y buena administración. Durante
su gestión se creó el Departamento Topográfico,
que realizó un padrón de los terrenos
con regadío y un padrón catastral para
el cobro más efectivo de los impuestos a la
propiedad. Además, se preocupó porque
se inspeccionaran las operaciones del Banco de Mendoza.
El 19 de febrero de 1877 se inauguró el servicio
de agua potable para la ciudad, que era traído
mediante cañerías de barro desde El
Challao. También se nombró una comisión
para que se encargara de formular un reglamento de
estancias. El 3 de mayo del 77 promulgó
la ley de creación del departamento de Malargüe,
que tuvo una efímera vida de 15 años
ya que pasó a ser un distrito de San Rafael.
En cuanto a las concesiones a particulares, se permitió
a Estanislao de la Reta establecer una usina de gas
y explotar las minas de carbón de piedra de
Potrerillos. También otorgó privilegios
a José Soler para establecer hornos de fundición
de metales. Durante su período se inauguró
el matadero público de Mendoza, donde antes
había estado el cabildo local, en la plaza
principal (actual Pedro del Castillo). Continuó
la obra de su medio hermano Arístides en educación,
dedicándole esfuerzo y recursos. Se construyó
la Escuela Superior y Graduada de Niños, llamada
por entonces Nicolás Avellaneda (luego Escuela
Normal de Maestros Tomás Godoy Cruz). Al frente
de la Superintendencia de Escuelas puso a Daniel Vidal
Correa, quien emprendió una gestión
progresista.
Ejemplos de su espíritu conciliatorio.
Joaquín buscó aunar a la población
en una causa patriótica común para lo
cual comisionó a un grupo de ciudadanos para
recolectar fondos para la repatriación de los
restos de José de San Martín. La misma
fue remplazada por otra que se conformó en
respuesta de la invitación hecha por Avellaneda
a los gobernadores de provincia para que en sus estados
iniciaran una suscripción pública con
ese mismo fin. Para que no quedaran dudas de su actitud,
el 21 de octubre del 77 promulgó la amnistía
sancionada por la Legislatura a favor de los complicados
en el motín que había estallado el 13
de julio del año anterior para voltear al entonces
gobernador Civit. Igualmente para concretar la promulgada
conciliación nacional, no se abstuvo de recurrir
a fuerzas. Para sofocar una sublevación producida
en San Juan, a pedido de la Nación envió
un contingente de la Guardia Nacional, al mando de
Rufino Ortega. Joaquín gobernó hasta
el 26 de noviembre de 1877, cuando presentó
su renuncia anteponiendo otra vez problemas de salud.
El 24 de diciembre la Legislatura aceptó la
declinación y nombró en su remplazado
a Julio Gutiérrez, quien a su vez tendría
sus 15 minutos de gloria en el Sillón de San
Martín. En la misma sesión se convocó
a elecciones gubernativas para inicios de 1878.
Telegrama presidencial. El gobierno de Joaquín
se caracterizó por su administración
ajustada, el orden y la tranquilidad que reinó
la provincia después de dos gobiernos llenos
de revueltas y convulsiones como habían sido
los de sus parientes Arístides y Civit. Al
momento de dejar el mando, el presidente de la Nación
le envió un telegrama que ilustra la opinión
que se tenía de él y de su obra: Debí
resignarme, puesto que no hay remedio escribió
Avellaneda. Su gobierno aunque breve, ha sido
fecundo en bienes, porque supo aquietar los espíritus
y poner término a una lucha de partidos, tan
ardiente como prolongada, consiguiendo ejercer su
autoridad, con el asentimiento de todos. Y finalizaba
manifestando la esperanza de que esta situación
fundada por su gobierno se consolide en lo sucesivo,
bajo la acción de una política sin miras
de partidismo ciego, tolerante y liberal, como fue
la suya (sic). Por todo esto, queda claro que
las dolencias físicas con que justificó
su alejamiento fueron ser reales y no pretextos, aunque
no lo condicionaron para seguir en el ruedo. Volvió
a ocupar escaños en la Legislatura, fue gerente
del Banco de la Provincia y diputado nacional en tres
períodos: 1878-1881, 1896-1900 y 1902-1906.
Falleció el 13 de enero de 1906. |
| El
interino que quiso perpetuarse
Cuando
a Joaquín Villanueva se le aceptó la
renuncia, la Legislatura nombró interino a
Julio Gutiérrez el 24 de diciembre de 1877,
además de determinar elecciones populares para
elegir al gobernador propietario a inicios del año
siguiente. Pero la cosa no fue tan sencilla. Gutiérrez,
quien era pariente del saliente, hasta entonces había
tenido poca actuación política. En el
círculo que lo puso provisoriamente en el Sillón
de San Martín formalizó el compromiso
de favorecer la candidatura a gobernador de Elías
Villanueva. Sin embargo, el ignoto Gutiérrez
fue contra los que lo habían impuesto. Quien
era jefe de Policía, Rufino Ortega, fue comisionado
para que levantara un sumario en Tupungato en averiguación
por la muerte de un peón. El militar entendió
que al alejarlo, el interino buscaba hacerse fuerte
en el gobierno, donde pensaba quedarse. Al negarse
a cumplir la orden, fue destituido tras lo cual desarmó
la policía y se puso en rebelde. El gobernador
se presentó en los cuarteles, donde fue desconocido
por el personal de la guardia. Entonces, lanzó
un manifiesto informando la situación al pueblo
y al mismo tiempo al gobierno nacional, al cual pidió
la intervención de la provincia. Mientras tanto,
el 15 de febrero de 1878 la Asamblea Legislativa elegía
gobernador a Elías Villanueva, sin tomar en
cuenta las comunicaciones de Gutiérrez por
considerarlas fuera de lugar. Unas horas más
tarde, el interino recriminó a la Cámara
haber procedido a la elección cuando la provincia
no estaba en condiciones electorales. En la misma
sesión se recibió una nota de Elías
Villanueva denunciando que al ir a asumir el mando
había encontrado la Casa de Gobierno cerrada
y sin nadie que lo pusiera en posesión de sus
funciones. En respuesta, considerando que Gutiérrez
había cesado su mandato, se designó
gobernador interino por un día al presidente
de la Legislatura, Juan Serú, para que entregara
el poder al electo. El 22 de febrero, la Nación
contestó al ex gobernador interino que nadie
le había quitado el mando desde el momento
en que había cesado sus funciones y que no
existían fundamentos legales para una intervención.
Gutiérrez entonces hizo lo que no debió:
denunció algunos manejos del círculo
al que pertenecía; consideró que la
elección de Villanueva no tenía validez
porque en el Colegio Electoral que lo nombró
figuraban numerosos parientes del candidato. A la
vez, manifestó que Ortega se había declarado
en su contra porque él había puesto
freno a sus arbitrariedades y persecuciones a los
ciudadanos considerándolo instrumento de Francisco
Civit, quien lo llamaba mi perro de presa.
Gutiérrez, de quien nadie se acuerda, marcó
un hito al ser el primer oficialista que sacó
al sol los trapos del oficialismo local. Así
le fue.
Fuente:
Diario
UNO . Domingo 9 de noviembre de 2003 |